Me siento
como un árbol rodeada de luz que a mí no me ilumina.
Llevo
escuchando y leyendo las mismas cosas sobre distonía desde hace veinte años,
tal vez más.
En la década de los noventa llegó la toxina, quizás el mejor
tratamiento, pero que no puede aplicarse a todas las distonías. En la siguiente
década empezaron los tratamientos quirúrgicos, con resultados más pobres y
tampoco pueden ser aplicables a todos los pacientes.
En la
actualidad se pisa con más cuidado el terreno de la farmacología por los
efectos secundarios. Habrá que sopesar también si prescindir de esos efectos en
un futuro, puede hacernos renunciar a un presente que por edad o cercanía promete
ahora una mejor calidad de vida, la decisión es nuestra.
La decisión
siempre es nuestra aunque no sepamos casi nada de una enfermedad o mejor sería
decir de un conjunto de enfermedades y sus síntomas, porque son tantas las clasificaciones
de la distonía…, por la zona afectada, por la edad de inicio, por su origen
genético, o su vinculación a traumatismos, ingesta de tóxicos o fármacos, que tomados
por otras personas no tienen ninguna consecuencia…
Y aquí sigo
enredada en un maremágnum de preguntas sin respuestas, pero la principal
siempre es la misma ¿Qué se hace en la actualidad por la distonía? Y después vienen otras ¿Quién coordina un
seguimiento ante tanta complejidad? ¿Para cuándo un estudio epidemiológico?
¿Por qué existe tanta variabilidad entre los enfermos?
Me gustaría
un poco de respeto y dignidad para los enfermos, que luchamos sin armas en un
campo de batalla, cuerpo a cuerpo con un enemigo invisible.
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